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lunes, 26 de marzo de 2018

Mensaje del Día Mundial del Teatro, por Simon McBurney

Precioso mensaje de Simon McBurney subrayando que el teatro es un sitio en donde encontrarnos: pasado y futuro, hombres y mujeres, migrantes y estáticos. Todos. ¡Celebremos el teatro! ¡Celebremos la vida y los encuentros que en ella se producen! Sin público no hay intérprete. Sin intérprete no hay historias.



A media milla de la costa de Cirenaica en el norte de Libia existe un vasto refugio rocoso de 80 metros de ancho y 20 de altura. En el dialecto local se le conoce como Hauh Fteah. En 1951 el análisis de datación por carbono 14 demostró una ocupación humana ininterrumpida de al menos 100.000 años. Entre los artefactos desenterrados había una flauta de hueso datada entre 40.000 y 70.000 años. Siendo un niño, al oír esto le pregunté a mi padre:

“¿Ellos tenían música?”

Me sonrió.

“Al igual que todas las comunidades humanas.”

Mi padre era un arqueólogo estadounidense, el primero en excavar en Hauh Fteah, en Cirenaica.

 
Me siento muy honrado y feliz de ser el representante europeo del Día Mundial del Teatro de este año.

En 1963, mi predecesor, el gran Arthur Miller, dijo en un momento donde la amenaza de guerra nuclear arrojaba su sombra sobre el mundo: “Cuando se nos pide escribir en un momento donde la diplomacia y la política tienen brazos tan terriblemente cortos y débiles, el delicado pero a veces amplio abrazo del arte debe soportar la carga de sostener unida la comunidad humana”. El significado de la palabra Drama deriva del griego “dran” que significa “hacer”… y la palabra teatro que procede del término griego “Theatron”, literalmente significa el “lugar donde se mira”. Un lugar no solo dónde miramos, también donde vemos, obtenemos, entendemos. Hace 2.400 años, Polykleitos el Joven diseñó el gran teatro de Epidauro. Con capacidad para 14.000 personas, la asombrosa acústica de este espacio abierto es milagrosa. Un diálogo desde el centro del escenario puede ser oído en todos los 14.000 asientos. Como era usual en los teatros griegos, cuando observabas a los actores, también podías ver el paisaje detrás de ellos. Esto no solo juntaba varios lugares a la vez, -la comunidad, el teatro y el mundo natural-, también unificaba todos los tiempos. De la misma manera que la obra evocaba mitos del pasado en el tiempo presente, podías ver más allá del escenario tu futuro final. La naturaleza.

Una de las revelaciones notables de la reconstrucción de “The Globe Theatre” de Shakespeare en Londres también está relacionada con aquello que vemos. Esta revelación tiene que ver con la luz. Tanto el escenario como el auditorio estaban iluminados por igual. Los artistas y el público se podían ver unos a otros. En todo momento. Dondequiera que mires hay personas. Y en consecuencia, se nos recuerda que el gran soliloquio de, digamos, Hamlet o Macbeth, no eran meditaciones privadas sino debates públicos.

Vivimos en un tiempo donde es difícil ver con claridad. Estamos rodeados de más ficción que en cualquier otro momento de la historia o la prehistoria. Cualquier “hecho” puede ser cuestionado, cualquier anécdota puede reclamar nuestra atención como una “verdad”. Una ficción en particular nos rodea continuamente. Aquella que busca dividirnos. De la verdad. Y de unos a otros. Y así, estamos separados. Las personas de las personas. Las mujeres de los hombres. Los seres humanos de la naturaleza.

Pero al igual que vivimos en un tiempo de división y fragmentación, también vivimos en un tiempo de inmenso movimiento. Como nunca antes en la historia las personas se están desplazando; muchas veces volando; caminando; nadando si hace falta; migrando; por todo el mundo. Y esto es solo el comienzo. La respuesta, como sabemos, ha sido el cierre de fronteras. La construcción de muros. La exclusión. El aislamiento. Vivimos en un orden mundial tiránico, donde la indiferencia es moneda y la esperanza una carga de contrabando. Y parte de esta tiranía es el control, no solo del espacio, sino también del tiempo. Este tiempo en que vivimos renuncia al presente. Se concentra en el pasado reciente y en el futuro. Yo no tengo eso… Yo compraré aquello…

Ahora lo he comprado, necesito tener la próxima… cosa. El pasado lejano está destruido. El futuro sin consecuencias.

Muchos afirman que el teatro no puede ni podrá cambiar nada de esto. Pero el teatro no va a desaparecer. Porque el teatro es un sitio. Me gustaría llamarlo un refugio. Donde las personas se congregan e inmediatamente forman comunidades. Tal y como hemos hecho siempre. Todos los teatros son del tamaño de las primeras comunidades humanas, de cincuenta a 14.000 almas. Desde una caravana de nómadas a un tercio de la antigua Atenas.

Y dado que el teatro solo existe en el presente, también cuestiona esta desastrosa visión del tiempo. El momento presente es siempre un tema del teatro. Sus significados se construyen mediante un acto comunitario entre el intérprete y el público. No solo aquí, sino ahora. Sin la actuación del intérprete el público no podría creer. Sin la creencia del público, la interpretación no sería completa. Nos reímos al mismo tiempo. Nos conmovemos. Nos quedamos sin aliento o enmudecemos. Y en ese momento, mediante el teatro descubrimos la más profunda verdad: que aquella que considerábamos la más privada división entre nosotros, los límites de nuestra propia conciencia individual, tampoco tiene fronteras. Es algo que compartimos.

Y no nos pueden parar. Cada noche reapareceremos. Cada noche los actores y la audiencia se reunirán de nuevo y la misma obra volverá a ser representada. Porque, como dice el escritor John Berge, “Muy dentro de la naturaleza del teatro hay un sentido de retorno ritual”, la razón por la cual ha sido siempre la forma de arte de los desposeídos, algo que a causa del desmantelamiento de nuestro mundo, somos todos. Dondequiera que haya intérpretes y audiencias las historias que no se pueden contar en ningún otro sitio se representarán, ya sea en las óperas y teatros de nuestras grandes ciudades, o en los campos que acogen migrantes y refugiados en el norte de Libia y en todo el mundo. Siempre estaremos unidos, en comunidad, en esta representación.

Y si estuviéramos en Epidauro podríamos levantar la vista y observar cómo compartimos todo esto con un panorama mayor. Porque siempre somos parte de la naturaleza y no podemos escapar de ello así como no podemos escapar del planeta. Si nos encontráramos en The Globe veríamos como preguntas aparentemente privadas se nos plantean a todos nosotros. Y si pudiésemos tener la flauta cirenaica de hace 40.000 años entenderíamos el pasado y el presente como indivisibles, y que la cadena que une la comunidad humana nunca será rota por los tiranos y demagogos.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Manifiesto de Anatoli Vassiliev para el día Mundial del Teatro 2016

¿Necesitamos al teatro?

Esa es la pregunta que miles de profesionales decepcionados del teatro y millones de personas que están cansados de él se preguntan. ¿Necesitamos del teatro? En estos años en que la escena es tan insignificante, en comparación con las plazas de las ciudades y los tierras de los países, donde se están jugando las tragedias auténticas de la vida real. ¿Qué pasa con el teatro? Galerías y palcos chapados en oro en las salas de teatro, sillones de terciopelo, alas sucias en escenarios, bien pulidas voces de los actores, - o viceversa, algo que puede tener un aspecto aparentemente diferentes: cajas negras, manchadas de barro y sangre, con un montón de cuerpos desnudos rabiosos en el interior -. ¿Qué es capaz de decirnos? ¡Todo! El teatro nos lo puede decir todo. Como los dioses habitan en el cielo, o cómo los presos languidecen en cuevas olvidadas bajo tierra, o cómo la pasión nos pueden elevar, o cómo el amor nos puede arruinar, o cómo nadie necesita una buena persona en este mundo, o como reina el engaño, o cómo la gente vive en apartamentos, mientras los niños se marchitan en campos de refugiados, o las formas en que todos tienen que volver de nuevo al desierto, o cómo día tras día nos vemos obligados a desprendernos de nuestras personas queridas, - el teatro puede decirlo todo. El teatro siempre ha sido y seguirá siendo siempre.
  



Y ahora, en estos últimos cincuenta o setenta años, es particularmente necesario. Porque si usted lanza un vistazo a todas las artes públicas, se puede ver de inmediato lo que sólo el teatro nos da, una palabra de boca en boca, una mirada de ojo a ojo, un gesto de mano en mano, o de cuerpo a cuerpo. No se necesita ningún intermediario para trabajar entre los seres humanos, que constituya el lado más transparente de la luz, que no pertenezca a ningún sur o norte o este u oeste, oh no, es la esencia de la propia luz, que brilla en todos los rincones del mundo, inmediatamente reconocible por cualquier persona, ya sea hostil o amigable hacia ella. Y necesitamos al teatro que permanece siempre diferente, necesitamos teatro de muchos tipos diferentes.

Aún así, creo que entre todas las formas y formas de teatro posibles, sus formas arcaicas ahora resultan ser la mayoría en la demanda. Teatro de las formas rituales, no hay que oponerse artificialmente a las de las naciones "civilizadas". La Cultura secular está siendo cada vez más castrada, la llamada "información cultural" sustituye gradualmente y empuja a entidades simples, casi como nuestra esperanza de que con el tiempo se acabe el día. Pero puedo verlo claramente ahora: el teatro está abriendo sus puertas ampliamente. Entrada gratuita para todos y para todo el mundo. Al diablo con aparatos y equipos - sólo tienen que ir al teatro, ocupar filas enteras en el patio de butacas y en las galerías, escuchar la palabra y mirar las imágenes vivir - Es el teatro que está delante de usted, no se descuide y no se pierda la oportunidad de participar en él, tal vez la oportunidad más preciosa que tenemos en nuestras vidas vanas y apresuradas. Necesitamos cada tipo de teatro. Sólo hay un teatro que seguramente no es necesitado por nadie, me refiero a un escenario de juegos políticos, un teatro de políticas "ratoneras", un teatro de políticos, un teatro inútil de la política. Lo que sin duda no necesitamos es un teatro de terror cotidiano - ya sea individual o colectivo, lo que no necesitamos es el teatro de cadáveres y sangre en las calles y plazas, en las capitales o en las provincias, un teatro falso de los enfrentamientos entre religiones o grupos étnicos...



miércoles, 11 de marzo de 2015

DIA MUNDIAL DEL TEATRO - JOURNÉE MONDIALE DU THEATRE - WORLD THEATRE DAY 2015

Mensaje Oficial por Krzysztof WARLIKOWSKI



Los verdaderos maestros del teatro son los más fáciles de encontrar lejos del escenario. Y por lo general, no tienen interés en el teatro como una máquina para la replicación de convenciones y reproducción de clichés. Ellos buscan la fuente pulsante, las corrientes de vida que tienden a pasar por alto las salas de espectáculos y la multitud de personas empeñadas en copiar algún mundo u otro. Copiamos en lugar de crear mundos que están enfocados o incluso dependientes de debate con el público, sobre las emociones que se hinchan por debajo de la superficie. Y en realidad no hay nada que pueda revelar las pasiones ocultas mejor que el teatro.

Muy a menudo me dirijo a la prosa de orientación. Día tras día me encuentro pensando en los escritores que hace casi cien años describen proféticamente sino también serenamente el declive de los dioses europeos, el crepúsculo que sumió a nuestra civilización en una oscuridad que aún no se ha iluminado. Estoy pensando en Franz Kafka, Thomas Mann y Marcel Proust. Hoy me gustaría también contar con John Maxwell Coetzee entre ese grupo de profetas.

Su sentido común del inevitable fin del mundo -no del planeta-, sino del modelo de las relaciones entre humanos y del orden social y la agitación, es conmovedoramente actual para nosotros aquí y ahora. Para nosotros que vivíamos conformes al fin del mundo. ¿Quién vive en la cara de los delitos y conflictos que diariamente nacen en nuevos lugares más rápido incluso que los medios de comunicación ubicuos pueden mantenerse al día. Estos incendios crecen rápidamente aburridos y desaparecen de los informes de prensa, para no volver. Y nos sentimos desamparados, horrorizado y cercados. Ya no somos capaces de construir torres y los muros que construimos tercamente no nos protegen de cualquier cosa, por el contrario, ellos mismos exigen protección y el cuidado que consume una gran parte de nuestra energía de la vida. Ya no tenemos la fuerza para tratar de vislumbrar lo que hay más allá de la puerta, detrás de la pared. Y es por eso exactamente por qué el teatro debe existir y donde debe buscar su fuerza. Para mirar dentro buscamos lo que está prohibido.

“La leyenda trata de explicar lo que no se puede explicar. Debido a que se basa en la verdad, que debe terminar en lo inexplicable”, así es cómo Kafka describe la transformación de la leyenda de Prometeo. Estoy convencido de que las mismas palabras deben describir el teatro. Y es esa clase de teatro, el que se basa en la verdad y que encuentra su fin en lo inexplicable es lo que deseo para todos sus trabajadores, los del escenario y los de la audiencia, lo deseo que con todo mi corazón.

viernes, 28 de noviembre de 2014

El veneno del teatro

Me gustaría compartiros este artículo de Rosana Torres publicado en El País el 27 de Noviembre ya que estoy totalmente de acuerdo con su visión sobre el teatro y su inmortalidad. 

Como decíamos ayer, el poder del teatro (ese arte pobre y efímero, frágil y artesanal) es de tal magnitud que todo avatar adverso a él, que todo ataque, daño colateral o frontal que lancen a su centro neurálgico, a su capacidad de supervivencia, no hace que pierda su fuerza, su capacidad mágica, casi sobrenatural, su condición de estandarte sólido e inexpugnable del ser humano. Si nos atenemos a los argumentos de Aristóteles, el primer teórico del teatro, son ya veintisiete siglos hurgando en lo más profundo de la condición humana. O si partimos del florecimiento de los primeros grandes dramaturgos de la historia, tan sólo hablaríamos de un siglo menos, de esa época en la que el teatro gozó de un auge derivado de su vinculación esencial con la democracia ateniense como régimen político.
Guerras, pestes, revoluciones, hambrunas, invasiones... cualquier calamidad sobrevenida no ha podido acabar con este género artístico. El único arte que necesita de un ritual compartido, al que nada humano le es ajeno, el único que es social incluso cuando pretende no serlo.
Si nuestra vista se vuelve a los últimos cien años, encontramos brutales empellones dirigidos a los órganos más vitales de las entrañas del mondongo (que diría Valle-Inclán) del teatro. A pesar de tantas agoreras predicciones, ¿por qué la radio, el cine, la televisión no han podido con el teatro?
El teatro es territorio donde todo lo que emerge es verdad, donde la autenticidad invade hasta el punto de hacernos estremecer, como no lo consiguen el cine, la literatura, la música... Benditas artes, pero todas ellas violadas y maltratadas por la libertad de Internet, que ahoga, con resultado de muerte en muchos casos, a creadores que ven cómo, además de no poder vivir de su trabajo, éste es usurpado e invadido por los descerebrados e irresponsables defensores del gratis total. Sistema atroz de lanzar a esos territorios a los que nunca tendrían que haber llegado, no sólo a artistas de mundos de ficción, de paisajes poéticos sonoros y visuales, sino también a investigadores y estudiosos de todos los saberes que ven cómo sus trabajos son bajados de Internet.

Guerras, pestes,  y cientos de calamidades no han acabado con este género
En ese territorio, el teatro transita con las defensas que le proporciona su privilegiada condición de no poder ser robado a través de las descargas en la Red. Por fin algo que le ayuda en su supervivencia y le reconfirma como territorio inexpugnable donde sobrevive la verdad.
Y lo peor, por más evitable. El aumento por parte del Gobierno de Mariano Rajoy al 21% del IVA cultural; todo un tiro de gracia en el caso del teatro, que no se puede entender, por lo tanto, sin la voluntad de producir su muerte. Porque los que han apretado el gatillo tienen hace tiempo los datos, proporcionados por las gentes del teatro, que demuestran que esa puñalada trapera no sirve ni para recaudar más impuestos, ni para atraer espectadores y, menos aún, para animar a creadores y productores a generar nuevos trabajos. ¿Han olvidado (o quizá nunca han sabido) que el teatro no es una industria, sino más bien una actividad artesanal realizada con mimbres vulnerables y frágiles?
¡Pero ni por esas! El veneno del teatro (uno de los títulos fundamentales del teatro contemporáneo español) tiene más propiedades activas que nunca, tantos siglos después de que la participación en la escena, tanto de quienes lo crean como a quienes va dirigido, se convirtió en parte importante de lo que se entendía como ser ciudadano de una democracia.

El aumento al 21% del IVA cultural por parte del Gobierno del PP es un tiro de gracia
Y ahí tenemos a los profesionales del teatro con la soga al cuello, pero recibiendo en los espacios escénicos a espectadores entusiastas que llenan teatros públicos, privados comerciales,alternativos, marginales, innovadores, logrando un fenómeno que no se veía desde la época de los corrales de comedias, cuando una misma representación era compartida por reyes y pueblo llano.
Públicos diversos aplaudiendo hasta la extenuación, señoronas de pieles y alhajas compartiendo entusiasmo y emociones con greñas y rastas lechosos y poco curtidos, en locales y barrios cuya base social transita de los pudientes a los marginetas. Incluso las explosivas clases medias del capitalismo del consumo de masas han tratado amablemente al teatro, al menos como no lo han hecho con artes, atracciones o deporte alguno.
Un veneno, este del teatro, que no sólo no mata, sino que insufla vida como si de un dios que sabe de justicia poética se tratara. Mientras, los teatreros se afanan en dar una lección moral a los inmorales y amorales emisarios y portadores de un tánatos escénico, que nunca llegará, porque estamos ante una gran verdad de la condición humana. Mientras, esta suerte de malditos enterradores del tres al cuarto no se han enterado de que el teatro es inmortal.

miércoles, 23 de abril de 2014

Interesante reflexión sobre nuetro teatro, nuestra vida.

El teatro, siempre ha sido un espejo de las pasiones humanas. Desde sus inicios en Grecia, ha sido un camino donde el alma humana, sus miedos, alegrías, sufrimientos han sido expuestas, queriendo encontrar respuestas a las muchas preguntas sobre nuestra existencia y sobre nuestro proceder como seres humanos.
 
A lo largo de los siglos, lxs dramaturgxs han escrito sobre aquello que sucedía en su comunidad, su ciudad, su país y en el mundo entero, tratando de plantear una reflexión, un llamado a la conciencia y que el ser humano pudiera verse como es en realidad, sin importar que tan cruda, injusta o repelente nos parezca esta imagen.
 
Diferentes directorxs y teóricxs del teatro, han tomado de su tiempo un estilo de “hacer teatro” en contra o a favor de lo que estaban viviendo, pero sobre todo, desde la necesidad de expresarse, de provocar algo en el/la espectador(a), desde la mera diversión, hasta una identificación, una reflexión, un movimiento, una conciencia de aquello que podemos cambiar, si nos atrevemos.
 
El teatro, ha sido y es un hecho social, donde cada individux involucradx en su hacer, no puede permanecer impasible ante lo que se va creando antes sus ojos,  su piel, sus emociones, sus sentidos.
 
El teatro despierta pasiones y pensamientos adormecidos, nos invita a ver y sentir, a conectar con nuestra esencia como ser humano, aceptarla y admitir lo que somos, para poder cambiar aquello que no nos satisface.
 
Grandes precursores de la psicología humanista, como Moreno o Perls, por nombrar algunos encontraron en el teatro un camino para acompañar a las personas en la superación de sus conflictos personales, o sociales.
 
 Más tarde, otrxs investigadorxs en el campo del alma humana desde el quehacer teatral como Augusto Boal con su Teatro del Oprimido y posteriormente con las Técnicas de El arco iris del deseo, desarrollaron  un trabajo donde el teatro constituye la principal vehículo para que una comunidad o una persona pueda encontrar en sí misma aquello que le hace falta.
 
Boal afirma: ”Todo ser humano es teatro, aunque no todos hacen teatro. El ser humano puede verse en el acto de ver, de obrar, de sentir , de pensar. Puede sentirse sintiendo, verse viendo y puede pensarse pensando. ¡ Ser humano es ser teatro! (…) El teatro es una terapia donde se entra en cuerpo y alma, soma y psique”
 
La visión de Boal nos dice que si un actor es capaz de encontrar en él personalidades con las cuales encarnar personajes que viven en la anomia, en una persona “enferma” (en el sentido menos peyorativo de la palabra)  puede encontrar dentro de sí  una personalidad sana, coherente y con tendencia a la auto regulación organísmica que puede entenderse como : ” una confianza básica en ser uno mismo y en la naturaleza humana y que ésta, entregada a su suerte y libre de interferencias,  sólo nos podía llevar a un lugar bueno y sanador, un lugar de espacio e integración de todos  los aspectos de la personalidad” (Garriga, J).
 
En el teatro podemos encontrar  una vía hacia la transformación personal en la búsqueda del bienestar psicoemocional. Al entrar en contacto con nuestra pasiones y comprender que nuestro cuerpo físico, mental y emocional forman parte de un todo que nos integra y nos diferencia como personas, nos otorga una identidad única y nos permite entrar en contacto con infinidades de experiencias: observar lo que se ve,escuchar  lo que se oye, sentir lo que se percibe, de una manera espontánea y creativa.
 
El conocimiento y aceptación  de nuestras fortalezas y debilidades, nuestras conductas (aprendidas y heredadas) , de aquello que bulle en nuestro interior y que espera una oportunidad para ser expresado, es el primer paso para transformar lo que nos hace daño, reforzar lo que nos permite ser plenos y continuar nuestra vida desde un punto de vista mucho más equilibrado, confiando en nosotros mismos y nuestra tendencia a ser individuos sanos, sin renunciar a la experiencia de vivir una vida a nuestro favor.
 
Nathalia Paolini
Lic. en teatro/ Teatro Terapeuta

jueves, 27 de marzo de 2014

Manifiesto para el día mundial del teatro



Donde quiera que haya sociedad humana, el irreprimible Espíritu de la Representación se manifiesta. 

Bret Bailey es un dramaturgo Sudafricano, diseñador, director, realizador de instalaciones y director artístico del THIRD WORLD BUNFIGHT.  En 2014 aporta el Mensaje del Día Mundial del Teatro


Bajo los árboles de pequeñas aldeas y sobre sofisticados escenarios en grandes metrópolis; en salones de actos de colegios y en campos y en templos; en suburbios, en plazas públicas, en centros cívicos y en los subsuelos de las ciudades, la gente se reúne en comunión en torno a los efímeros mundos teatrales que creamos para expresar nuestra complejidad humana, nuestra diversidad, nuestra vulnerabilidad, en carne y hueso, aliento y voz.

Nos reunimos para llorar y para recordar; para reír y contemplar; para aprender, afirmar e imaginar. Para maravillarnos ante la destreza técnica, y para encarnar dioses. Para dejarnos sin respiración ante nuestra capacidad de belleza, compasión y monstruosidad. Vamos para llenarnos de energía y poder. Para celebrar la riqueza de nuestras diferentes culturas, y para hacer desaparecer las barreras que nos dividen.

Donde quiera que haya sociedad humana, el irreprimible Espíritu de la Representación se manifiesta. Nacido de la comunidad, lleva puestas las máscaras y vestimentas de nuestras distintas tradiciones. Utiliza nuestras lenguas, ritmos y gestos, y abre un espacio entre nosotros.

Y nosotros, los artistas que trabajamos con este antiguo espíritu, nos sentimos impulsados a canalizarlo a través de nuestros corazones, nuestras ideas y nuestros cuerpos para revelar nuestras realidades en toda su cotidianidad y su rutilante misterio.

Pero en esta época en la que tantos millones de personas luchan por sobrevivir, sufren bajo regímenes opresivos y el capitalismo depredador, huyen del conflicto y la escasez; en la que nuestra privacidad es invadida por servicios secretos y nuestras palabras censuradas por gobiernos intrusivos; en la que se aniquilan los bosques, se exterminan especies y se envenenan los océanos: ¿Qué nos sentimos impulsados a revelar?

En este mundo de poder desigual, en el que distintos órdenes hegemónicos intentan convencernos de que una nación, una raza, un género, una preferencia sexual, una religión, una ideología, un marco cultural es superior al resto, ¿se puede realmente defender la idea de que las artes deberían apartarse de las agendas sociales?

Nosotros, los artistas de escenarios y ágoras, ¿nos conformamos con las demandas asépticas del mercado, o utilizamos el poder que tenemos: para abrir un espacio en los corazones y las mentes de la sociedad, para reunir gente a nuestro alrededor, para inspirar, maravillar e informar, y para crear un mundo de esperanza y colaboración sincera?

Traducción:  Fernando Bercebal ·

lunes, 17 de marzo de 2014

"Ese otro teatro" por Borja Ruiz

Utilizamos kleenex en lugar de pañuelos de tela. Es más costoso reparar unos buenos zapatos usados que comprar unos nuevos. Las compañías telefónicas se afanan en conseguir nuevos usuarios, despreciando a sus clientes más fieles. Cada vez compramos menos en las pequeñas tiendas familiares regentadas por tenderos añejos y más en los grandes supermercados, donde el puesto del cajero caduca a la misma velocidad que los yogures y difícilmente nos atiende la misma persona el mismo mes. Los partidillos de fútbol con la cuadrilla ahora se juegan en la videoconsola, donde cada envite dura menos de cinco minutos. Los televidentes pican entre los múltiples canales con la misma voracidad con la que se acaba un buffet gratuito, no llegando casi nunca a ver un programa completo. En mi ciudad una compañía de teatro difícilmente está más de tres días en cartel. Una película que permanece tres semanas en los cines puede considerarse un éxito. "Estable" es un adjetivo que ya no casa con "trabajo". Esta radiografía efímera nos lleva a un diagnóstico: vivimos en una época donde usar y tirar es un estándar de vida, lo cual, pensado a la inversa, significa que todo aquello que nace con vocación de permanencia y estabilidad está en peligro de extinción.

 

En este contexto, ahora que avanzamos por un embudo económico que se estrecha más y más, sin saber muy bien quién logrará salir indemne de él, las opciones para quienes se dedican al arte se reducen a una dicotomía. Por un lado, continuar en la rueda descarrilada del mercantilismo, etiquetando cada pieza de arte como un producto, y asumir que la competencia entre la oferta y la demanda del negocio es feroz. Hay que tener para ello los codos más afilados que los colmillos, los colmillos más que los cuchillos, y entender que se lucha por las migajas de un pastel devorado por otros. Al otro lado de este planteamiento, se mantiene abierta la posibilidad de un arte que es un valor en sí mismo, cultura sin precio, un medio de comunicación humana especial, que inquieta, emociona, que invita a reflexionar desde una perspectiva distinta a la cotidiana. Un arte que no sólo mide su potencial con el número de funciones, sino en su capacidad de transmitir a su entorno el aprendizaje acumulado durante años de trabajo permanente y de servir de plataforma para el intercambio cultural en sus múltiples frentes.

Esta disyuntiva nos la cuenta a su manera la historia de la palabra "entretener". A día de hoy, en su peor versión, "entretener" es sinónimo de distracción, de desconexión, algo que cumple la función de una mísera bocanada de aire cuando estamos sumergidos en un modo de vida asfixiante, carente de sentido. La más alta cota de miseria de este tipo de entretenimiento nos la da la ínfima calidad de la televisión, el mayor divertimento de masas de la actualidad, cuya chabacanería parece no tener límites. En su acepción antigua, sin embargo, se dice que "entretener" (del latín inter "entre" y tenire "tener") significaba "mantener juntos". Y aquí la imaginación alza el vuelo. Entretener puede entonces ser aquello que mantiene juntas a las personas frente a un acto concreto, que no sirve como mera vía de escape, sino como un punto de unión permanente, de comunión no religiosa, como un espacio de reflexión y de debate compartido.

Esta disquisición que apunta una manera particular de entender el arte y el entretenimiento parece una entelequia hecha con la misma materia de los sueños, sin embargo, en teatro hay ejemplos palpables de ella. Pienso a bote pronto en compañías polacas como Gardzienice o Teatr Piesnz Kozla, en el Odin Teatret de Dinamarca, en la SITI company (Estados Unidos), en muchas compañías de América Latina como La Candelaria o Cuatrotablas, y en España me vienen (sabiendo que me dejo nombres en la yema de los dedos) compañías como La Zaranda, Atalaya, La Cuadra, Matarile o el Teatro de la Abadía. Todas ellas y otras muchas, tal vez de forma más modesta pero con igual ahínco, buscan desde hace años un teatro que trasciende la sola realización de espectáculos, donde la pedagogía del arte, el diálogo con los espectadores fuera del marco de la actuación y la realización de proyectos que posibilitan el encuentro con otras sensibilidades culturales y sociales, son también sus señas de identidad.

Los proyectos mencionados y otros similares definen un camino alternativo a seguir en medio de este estado de aniquilación cultural que nos asedia. A mí se me asemejan a especies en extinción que necesitan un hábitat particular para subsistir. Un hábitat que entienda que la cultura no es algo que se vende y se compra, sino un bien que se intercambia y se transmite, y que en muchas circunstancias adquiere valores intangibles que superan su peso en euros. Esperemos pues que entre las personas que orbitan alrededor de los artistas y los espectadores aún queden algunas capaces de fomentar y salvaguardar un hábitat que haga posible ese otro teatro que hoy parece más necesario que nunca.

martes, 4 de febrero de 2014

Nuestra obligación es hacer que la gente vuelva al teatro

Hace poco se publicó una entrevista realizada a Juan Mayorga en el suplemento del País. El siempre genial dramaturgo contestaba así a la pregunta sobre si el teatro está permanentemente en crisis

"Heiner Müller (dramaturgo alemán) decía que el teatro es crisis. El teatro vive de las situaciones inestables que se convierten en conflictos fértiles para la creación. Y en lo económico, el teatro, que se ha hecho en palacios y en caminos, es un arte preparado para resistir toda crisis. Ese dispositivo que crearon los atenienses es extremadamente ambicioso pero extremadamente sencillo en lo material. Nosotros podríamos decir: “vamos a hacer teatro esta tarde” sin otros medios que los que ahora están en nuestras manos. El teatro puede responder a cualquier crisis y sobrevivirá a cualquier crisis"



Desde Incierto, lo suscribimos totalmente. Es más, me ha recordado a las veces que hemos actuado en pequeños locales, en peñas sanfermineras sin equipación técnica ninguna (más allá de la que nuestro buen Josemari era capaz de traernos), en salas multiusos, en rincones de lo viejo e, incluso, en comedores de colegios

El teatro, esa grandeza que nos permite conectar con nosotrxs y con quien nos observa. ¿Importa dónde se represente si consigue su fin último: Conmover?

Más adelante, en esta misma entrevista, comenta que muchxs ayuntamientos y gestorxs "acaban confiando solo en determinados productos que, o bien son muy fáciles para muchos espectadores, o bien están liderados por actores famosos, que a veces son extraordinarios y a veces no son los mejores. Hay un tipo de trabajo que está siendo censurado. Eso es malo para las compañías, que no pueden mostrar ese trabajo; es malo para el espectador, que no puede acceder a ese espectáculo; y finalmente es malo para la ciudad entera. Una ciudad sin teatro es más pobre, menos capaz de imaginarse a sí misma de otra manera, y por tanto es más frágil frente a esta crisis y frente a cualquiera. Y ahí es donde debe intervenir la política cultural"

Una vez más nos enfrentamos a la tantas veces escuchada frase de..."el público sólo quiere comedias, sólo quiere venir a divertirse..." Y no es cierto. Porque más allá de si es comedia, tragedia o teatro experimental, una buena obra es una buena obra.. Y una buena obra es aquella que como dice Juan Mayorga  "habría de ser capaz de asaltar a un espectador como un asaltador de caminos al confiado paseante. Si el teatro no es capaz de desestabilizar de algún modo las convicciones del espectador, si no es capaz de ponerle ante buenas preguntas, está siendo irrelevante. Hay espectadores que agradecen un arte que los sorprenda, que abra heridas. Y ese es el espectador para el que debemos trabajar. Para el que solo busca obediencia, o eso tan triste que es matar el tiempo, ya hay una industria cultural trabajando con enorme eficacia".

Termina con un ejemplo maravilloso de la fuerza que tiene el teatro, del por qué no morirá nunca, de por qué volveremos a jugar una y otra vez a hacer teatro, de por qué... estamos envenenados por su capacidad de conmover: "Mi primera experiencia teatral en Francia fue con una compañía muy modesta, que representaba una de mis obras en un teatro periférico. Hacía una noche de perros. Vi 50 espectadores y percibí que no eran familiares de los actores (que tampoco eran famosos) y, por supuesto, no habían ido ni por la obra ni por mí. ¿Por qué estaban allí esas personas?¿Por qué habían dejado una casa caliente donde probablemente había una pantalla con los mejores actores del mundo? Habían salido por el teatro mismo, porque el teatro los había envenenado algún día. Siempre me digo que nuestra obligación es que esa gente vuelva. ¿Cómo se hace esto? Recordando que el teatro debe ser un acto de amor a la gente. Descubrirlo como un lugar de crítica y utopía. Si se hace así, el teatro irá extendiendo su fuerza"

Entrevista completa en entrevista a Juan Mayorga